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A vueltas con la Justicia

Decía Couture aquello de que el problema de la administración de justicia no está en las leyes, sino en las personas.

Yo digo más, la justicia es un reflejo de la propia sociedad, no es algo ajena a ella misma. No podemos esperar una justicia imparcial y “justa”, cuando la propia sociedad no actúa en su conjunto conforme a esas normas conforme a las que pretendemos que los jueces actúen y apliquen, cuando la sociedad no es independiente, sino gregaria y sometida al poder político.

Puede parecer que esto es una excusa para no entrar en el fondo de la cuestión, para dejarlo estar. Nada más lejos de la realidad, es un planteamiento de salida para intentar un correcto análisis del problema y un punto de acercamiento a la cuestión que permite repensar el enfoque que habitualmente le damos a la cuestión.

Lo que quiero decir es que llevamos tres décadas largas de democracia en las que sólo hemos creado caos y confusión en la justicia, lo que ha complicado enormemente la aplicación de la justicia por los jueces, la reclamación judicial a los abogados y el ejercicio de sus derechos a los justiciables.

La diarrea legislativa de estos años ha generado una inseguridad jurídica brutal, de tal magnitud que convierte la labor de acomodar las conductas a la ley en un esfuerzo titánico, la falta de unas normas claras hace muy difícil anticipar una eventual solución judicial al conflicto. En suma, parte del problema reside en que cada día es más difícil ejercitar unos derechos que cada día son más complejos de entender, de definir y de reclamar.

Si a esta inseguridad le unimos la intromisión política en la justicia, tanto en lo que atañe al nombramiento de sus cargos, como en lo que se refiere a la ideologización de las leyes, el cóctel es ya intragable.

Otra vuelta más, unamos a lo anterior leyes procesales que se modifican según conceptos teóricos y sin tener en cuenta la experiencia, las necesidades concretas y la propia realidad de los trámites juidiciales.

Cada uno de estos aspectos del problema necesitaría de un análisis profundo que excede de estas líneas.

Baste por ahora con señalar que con este panorama, pretendamos resolver los problemas sobre la disquisición conceptual de la “independencia judicial”, viene a ser algo así como pretender resolver un juicio sin audiencia de partes.

España necesita como primer paso para recuperar la estima de la justicia y el respeto a la misma, una “novísima recopilación” en todos los ámbitos, un esfuerzo colectivo leal por dotarnos de normas estables y sencillas, una codificación de nuestro derechos que nos permita tener una norma básica por sector del derecho, una vuelta a la esencia del sistema continental romano clásico, que es el nuestro.

Me explico, necesitamos hacer desaparecer normas especiales y reglamentos interminables. Precisamos de una vuelta a los orígenes, encarnados éstos en los principios generales del derecho, precisamos dejar de lado de una vez por todas el sistema germánico reglamentista en que estamos inmersos, necesitamos que los jueces vuelvan a ocupar el punto central de la vida jurídica con sus sentencias, no con la impartición de cursos de hiperespecialización de todo, no con opiniones, con resoluciones. Necesitamos una doctrina, un cuerpo teórico que pueda consolidarse sobre normas estables y opiniones duraderas, no necesitamos una reforma al mes, que digo al mes, a la semana.

Necesitamos un legislativo que se mida por la calidad de sus leyes, no por el número de ellas. No necesitamos semidioses que se midan por el número de normas que restrinjan nuestra libertad, necesitamos parlamentarios que se preocupen por crear espacios de libertad dándonos normas abiertas, flexibles y generales que se puedan aplicar al caso concreto con justicia, no necesitamos que se resuelva el caso concreto en el parlamento sino en los tribunales.

Por supuesto, junto a ello, necesitamos jueces independientes que no tengan que agradar al legislativo ni al ejecutivo en sus decisiones, necesitamos jueces que se atrevan a ofender al ejecutivo y al legislativo en sus decisiones en defensa de los ciudadanos, necesitamos “checks and balances”, pesos y contrapesos, que el ejecutivo mande en todos, que legislativo controle al ejecutivo y al judicial y que el judicial controle al legislativo y al ejecutivo; y sobre todo, que en este sistema de pesos y contrapesos nadie este por encima de la ley. El ejecutivo manda con su actuación e iniciativa, el legislativo con sus leyes y el judicial aplicándolas.

Pero no olvidemos que nada se logra separando sólo el judicial, los tres poderes deben ser independientes, no sólo uno.

La independencia judicial, sin la separación efectiva entre legislativo y ejecutivo, de nada sirve. En ese esquema de pesos y contrapesos, siempre pesarán más los otros, ese uno quedará en inferioridad, enfrentado a los otros.

Necesitamos normalizar nuestra democracia separando el ejecutivo del legislativo, necesitamos un parlamento independiente del gobierno que no sea su mera correa de transmisión.

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  1. Pingback: A vueltas con la justicia « accioncivil3s - marzo 12, 2012

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